En los últimos meses, Washington ha consolidado una nueva arquitectura de poder global, entendido este como la capacidad estructural de un Estado para proyectar su influencia más allá de sus fronteras y moldear las reglas, los incentivos y las expectativas del orden internacional. Desde una perspectiva regional, la tradicional doctrina antinarcotráfico ha evolucionado hacia una competencia estratégica por espacios geopolíticos clave como Groenlandia o el canal de Panamá. Estados Unidos adopta así una estrategia de confrontación abierta, sustentada en la defensa de intereses exclusivos y en una lógica de disuasión1 expansiva.
La Realpolitik clásica perseguía la estabilidad a través del equilibrio entre potencias. Sin embargo, la versión moderna denominada Realpolitik 2.0 introduce dimensiones adicionales: nacionalismo económico, instrumentalización tecnológica y una gestión jerarquizada de zonas de influencia. Dentro de un marco de multipolaridad en desarrollo, en el que la hegemonía unipolar de Estados Unidos comienza a mostrar tensiones y limitaciones que cuestionan su capacidad para sostener el orden internacional que contribuyó a construir esta estrategia representa un esfuerzo por configurar el control global a través de instrumentos económicos y tecnológicos.2 Surge entonces una pregunta esencial: ¿Esta nueva doctrina representa un realismo pragmático o una ilusión de orden en un sistema cada vez más fragmentado?
La Realpolitik clásica
La Realpolitik se fundamenta en tres pilares esenciales: el cálculo del poder, la primacía de los intereses nacionales y el pragmatismo moralmente neutro. Esta lógica, que según Kissinger reduce las relaciones entre los Estados a la pura correlación de fuerzas,3 justifica una diplomacia dinámica y adaptable, guiada por la conveniencia más que por la ética. La estabilidad geopolítica se convierte así en un resultado de estrategias pragmáticas orientadas a preservar intereses nacionales.
Su periodo de apogeo se concentra en el siglo XIX, durante la era de Bismarck, quien definió la política exterior como el arte de lo posible4: un equilibrio basado en alianzas flexibles y en la ausencia de ideales universales.5 Durante la Guerra Fría, Nixon y Kissinger ampliaron este enfoque en una escala global, enmarcando la política externa estadounidense en una lógica de equilibrio de poder en lugar de en una de alineamiento ideológico. La apertura diplomática hacia China en 1972 ejemplifica claramente esta Realpolitik internacionalizada: lejos de ser el resultado de una afinidad de valores, el acercamiento a Pekín respondió en un cálculo estratégico específico, destinado a reconfigurar la correlación de fuerzas frente a la Unión Soviética y a gestionar un sistema internacional en plena transformación. En este contexto, la confrontación bipolar no se extinguió, sino que fue reconfigurada dentro de una lógica de negociación instrumental, donde los adversarios podían transformarse en interlocutores útiles siempre que ello beneficiará los intereses estructurales de los Estados.
En el siglo XXI, la administración Trump I (2017–2021) reactivó esta lógica con la doctrina America First, sustituyendo las alianzas multilaterales por acuerdos bilaterales transaccionales que priorizan ventajas inmediatas sobre compromisos normativos. La retirada del Acuerdo Transpacífico en enero de 2017 y del Acuerdo de París seis meses después marcaron un punto de inflexión en la política exterior estadounidense: Washington comenzó a desmantelar estructuras multilaterales para sustituirlas por negociaciones bilaterales en las que su capacidad de presión resultaba mayor.
Esta reconfiguración se manifestó con claridad en la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, transformado en el T-MEC, cuyas disposiciones sobre comercio digital y propiedad intelectual responden menos a un consenso regional que a los intereses estructurales de los actores corporativos estadounidenses6.
Las instituciones internacionales quedaron relegadas a espacios de negociación condicionada— el bloqueo sistemático del Órgano de Apelación de la OMC entre 2017 y 2020 paralizó el arbitraje comercial multilateral.7 Este cambio marcó la transición hacia una Realpolitik 2.0, donde la tecnología, los flujos de datos y los mercados emergen como instrumentos de poder bruto que prescinden de mediación institucional. La restricción extraterritorial implementada contra Huawei en 2019, materializada a través de sanciones unilaterales y presión directa sobre aliados europeos para excluir a la corporación china de sus redes 5G, ilustra esta nueva coerción tecnoeconómica. El dominio estadounidense sobre semiconductores y estándares tecnológicos fue utilizado para fragmentar las cadenas de valor a nivel global sin necesidad de intervención de entidades multilaterales.8
Trump II: el laboratorio de la Realpolitik 2.0
Tras su reelección en el año 2025, Donald Trump fortaleció esta tendencia mediante una versión intensificada de la Realpolitik nacionalista. Durante los primeros meses de su mandato, firmó más de 70 decretos ejecutivos en materia de comercio, inmigración y seguridad nacional, recurriendo de forma sistemática a este instrumento jurídico para eludir los tiempos y las resistencias propias del proceso legislativo. Esta concentración de la acción ejecutiva respondía a una lógica de desregulación selectiva: desmantelar aquellos mecanismos institucionales —agencias reguladoras, acuerdos multilaterales, marcos normativos internos— percibidos como restricciones a la capacidad de maniobra del poder ejecutivo y a los intereses que este buscaba proteger. Desde una perspectiva económica, la Realpolitik 2.0 redefine las interdependencias aliadas bajo un paradigma de proteccionismo extremo: incremento de tarifas aduaneras del 60 % hacia China, presión comercial sobre Canadá y la Unión Europea, así como la utilización del comercio como instrumento coercitivo.9
La dimensión tecnológica ocupa un lugar cada vez más central en la reconfiguración del orden internacional. Las restricciones impuestas a TikTok y a diversas aplicaciones chinas de inteligencia artificial no responden únicamente a preocupaciones de seguridad inmediata, sino que expresan una voluntad de controlar los flujos de datos, los estándares algorítmicos y las infraestructuras digitales que estructuran la competencia estratégica contemporánea. Las alianzas con India e Israel en materia de ciberseguridad refuerzan esta lógica, revelando una tendencia a construir bloques tecnológicos geopolíticamente alineados en los que la innovación inteligencia artificial, computación cuántica, redes de quinta generación deja de ser un bien compartido para convertirse en un recurso estratégico que redefinir los propios términos de la competencia global.
En política exterior, la estrategia estadounidense adopta un carácter más agresivo. La intervención en Venezuela, el resurgimiento de la inclinación hacia Groenlandia y la contienda por el canal de Panamá se basan en una lógica de control regional vinculada a la Doctrina Monroe 2.0 (doctrina Donroe): una reinterpretación del principio decimonónico que, en su formulación original, buscaba preservar la autonomía del hemisferio occidental frente a las injerencias externas, pero que en su aplicación contemporánea parece orientarse hacia la limitación de la presencia china en la región mediante el control preferencial de recursos estratégicos y rutas comerciales, suscitando interrogantes sobre la distinción entre protección regional e influencia hegemónica.10 El término «Donroe» captura el giro transaccional de esta doctrina, donde la supremacía regional ya no se justifica por el panamericanismo sino por intereses geoeconómicos directos. Paralelamente, surgen nuevas alianzas bilaterales o ejes transaccionales —como el acercamiento entre Arabia Saudí e Irán bajo mediación estadounidense o el refuerzo del QUAD 2.0 frente a China— que reconfiguran el mapa de poder.11
Los asuntos migratorios y de seguridad fronteriza, antes marginales dentro de la Realpolitik tradicional, pasan a ocupar un lugar central. La expansión del ICE, la construcción de muros y la militarización del control fronterizo simbolizan una política de clausura hemisférica que busca reafirmar la soberanía estadounidense en su entorno inmediato. Este conjunto de estrategias produce resultados inmediatos, aunque también contradicciones profundas: aislamiento diplomático europeo, incremento del sentimiento antiestadounidense en América Latina y riesgo de desintegración parcial del orden liberal.
Consecuencias regionales
En el continente americano, el pragmatismo geopolítico contemporáneo se traduce en una reactivación explícita de la Doctrina Donroe, mediante amenazas y sanciones hacia gobiernos que no se alinean con la política exterior de Washington. México enfrenta la amenaza recurrente de aranceles del 25 % condicionados a su cooperación migratoria12. Panamá recibe presiones sobre la soberanía del Canal frente a inversiones chinas en infraestructuras portuarias. Groenlandia emerge como objetivo geoestratégico por sus depósitos de tierras raras y su posición ártica. Colombia y Cuba permanecen bajo esquemas sancionatorios que funcionan como instrumentos de disciplinamiento regional. Esta política reafirma la búsqueda de una hegemonía hemisférica unilateral que prescinde de instituciones como la OEA, pero al coste de profundizar la fragmentación y la resistencia regional: el comercio entre América Latina y China superó los quinientos mil millones en 2023,13 revelando la paradoja de que la coerción estadounidense acelera precisamente la diversificación estratégica que busca evitar.
En el Indo-Pacífico, la escalada arancelaria contra Pekín, los aranceles anunciados en 2025, impulsaron el fortalecimiento del QUAD 2.0 con India, Australia y Japón, consolidando un bloque tecnocomercial de contención que opera simultáneamente en los planos militar (ejercicios navales Malabar), tecnológico y comercial (exclusión de empresas chinas de cadenas de suministro críticas).14 No obstante, esta coalición manifiesta tensiones de índole estructural: India sostiene relaciones estratégicas con Rusia, Australia depende comercialmente de China, mientras que Japón aspira a prevenir una disolución total con su principal aliado económico. El QUAD funciona así como geometría variable, efectiva para contención militar pero frágil en coherencia económica.15
En Europa, la reducción del apoyo a Ucrania y el condicionamiento de asistencia militar a negociaciones directas Kiev-Moscú marcan una diplomacia de transacción que busca cerrar conflictos prolongados bajo mediación estadounidense, aunque sin comprometer recursos significativos. Esta postura introduce una tensión profunda en la arquitectura de seguridad europea: una negociación bilateral entre Washington y Moscú que marginara a Kiev y Bruselas pondría en entredicho la credibilidad del artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte como garantía colectiva de defensa. La respuesta europea es contradictoria, Alemania y Francia impulsan autonomía estratégica mientras Polonia y los bálticos refuerzan su dependencia militar estadounidense, pero esta fragmentación transatlántica no es accidental: permite a Washington maximizar su poder de negociación bilateral mientras minimiza compromisos multilaterales vinculantes.
Conclusiones
La Realpolitik 2.0 impulsada por Trump no representa una simple actualización de un paradigma clásico, sino una mutación estructural del realismo contemporáneo. Se perfila así una geopolítica de naturaleza algorítmica, en la que el proteccionismo nacional, el control de los flujos de datos y el unilateralismo estructural dejan de operar como instrumentos separados para articularse en una lógica de poder integrada, cuyo principal vector de proyección es el dominio tecnológico. Su objetivo no es estabilizar el sistema internacional, sino jerarquizar mediante instrumentos que convierten la interdependencia en subordinación: el control de semiconductores avanzados, la extraterritorialidad de sanciones, el dominio sobre infraestructuras digitales críticas. Los Estados Unidos ya no desempeñan su función como custodios del orden liberal, sino como diseñadores de un sistema fragmentado en esferas de influencia dominadas por recursos tecnológicos y mercantiles.
Lejos de restaurar la estabilidad global, esta nueva lógica amplifica los desequilibrios: erosiona el multilateralismo, debilita las normas compartidas y fomenta una competencia intensificada entre bloques. Así, la Realpolitik 2.0 no es tanto una política de poder, sino una política de control digitalizado del desorden.
CITAS
3 Kissinger, H. (2011). Diplomacy. Simon and Schuster. (Obra original publicada 1986)
4 Bismarck, O. (1866), reportada por Meyer von W aldeck







